Fernando Sánchez-Dragó
Uno de esos que está en “que se hable de mí aunque sea mal”. Para los malos escritores, su más preciada arma. Todo artista publicista que se precie juega su partida en el terreno de los charlatanes de feria. Lameculos del empresario o el político, que le abra el camino de la fama buscando su propio beneficio, no dirá nunca lo que piensa sino aquello que halague a su público y repercuta en su cuota de mercado.
Pero aquí se ha pasado, según parece, por sincero. ¿O es literatura? Lo dice la crítica literaria, además de presidenta, Esperanza Aguirre que además se atreve a comparar al emborronapapeles con escritores de la talla de Gabriel García Márquez, Henry Miller o Jaime Gil de Biedma. El esperpento.
Ahora resulta que las conversaciones entre dos que tal andan (las conversaciones del escritor Fernando Sánchez Dragó y el dramaturgo Albert Boadella) es literatura.
Literatura es aquello que a nosotros nos interesa que lo sea y cuando queremos que lo sea. Lo que demuestra la tesis de Baudrillard sobre la sociedad del simulacro, en la que se confunden a propósito los mensajes de manera que ya no sabemos cuales son sus auténticos referentes.
Todo el poder para los farsantes, tramposos, estafadores: es su lema.
Lo dice él, no yo:
“Es verdad que lucían minifaldas, taconazo y maquillaje atrevido”, asegura Dragó ahora en el comunicado, y confirma que, tal y como relata en el libro, charló con el grupo, se fue a tomar un café con ellos a un bar, y que allí “dos de las chicas” coquetearon con él. Pero precisa: “Todo fue inocente y amistoso. Apenas hubo contacto físico: cogernos de la mano, mirarnos a los ojos, algún beso furtivo en la mejilla”.
“Es cierto que me excitaron. ¿A quién no? Eran monísimas, simpatiquísimas y coquetísimas”, asegura el escritor, que subraya que las jóvenes “no tenían trece años” y que en el libro les asignó esa edad “por dar un pellizco de pimienta” al relato.



Este individuo presumía en uno de sus programas televisivos de ser un HOMBRE DE HONOR. ¿Qué querría decir?